Este lunes llevé a Marcela a vacunarse. El Hospital Santa Rosa, en Pueblo Libre, es el que nos corresponde, y como Anita está trabajando a esa hora, fui con mi suegra, que es una señora genial, siempre con todas las ganas de ayudar y colaborar (me recuerda mucho a las monjitas de Cambio de Hábito, con Woopy Goldberg).
Lo que me pareció digno de mención es la poca cantidad de padres que llevan a vacunar a sus hijos. Es la segunda vez que llevo a Marcela (su tercera dosis) y en ambos casos sólo había uno o dos padres más en la cola. Y la segunda cosa que me pareció harto divertida, es la temática en las conversaciones: comparar a los bebes con los de los demás. Yo siempre tengo problemas para socializar, así que, mientras me quedo callado y mi suegra suelta por ahí una que otra frase con la compañera de cola, puedo escuchar las conversaciones. Todas empiezan igual: “¿cuanto tiempo tiene?”, tantos meses; “¿Cuanto pesa? Tantos kilos; ¿toma pecho?. Es – casi – como la pregunta oficial que se usaba en los quinceañeros de mis tiempos, allá por fines de los ochentas: “¿hola, vives por aquí cerca?”.
Me doy tiempo para ver a todos los bebes: gordos, rechonchos, algunos ya tienen bastante pelo, otros todavía, como Marcela. Pero me basta una ojeada para reafirmar lo que siempre digo: mi bebe es la más bonita. No hay ningún bebe más bonita que ella. Es radiante, su risa calla cualquier llanto, cualquier ruido. Su forma de iluminar las cosas cuando está cerca la convierte en la más bonita de todas. Lo siento por las otras mamás que están en la cola, pero no puedo mentirles: Marcela es la más linda de todas.
Luego, cuando acaban estas preguntas de rigor, se acaba el tema de conversación, porque a nadie le interesa la vida de alguien en la cola. Tampoco hablan de política, ni de fútbol. No hablan de otras cosas. El silencio es lo que debería seguir, pero como siempre van entrando las mamás que llegan después y se acomodan al final de la cola, siempre se escuchan las mismas preguntas. Interminables. Repetitivas hasta más no poder. Pero hay otras mamases, más entradoras, que ya tienen hijos más grandes, que se dedican a dar consejos: “deberías…” dicen, con el orgullo de haber pasado todo lo que a su compañera de cola le toca pasar. “Eso pasa porque…”, dicen, y las mamases con menos experiencia las miran sin prestar atención, mientras acomodan a sus bebes, y los siguen acomodando hasta que los bebes se desacomodan y empiezan a llorar, y los siguen acomodando hasta que vuelven a quedarse callados.
Así pasan las colas en el tópico de vacunación. Así será todo el tiempo, supongo. Yo miro, participo poco, y la paso bien, sin tener que ser parte de los silencios incómodos. Silencios que son interrumpidos por el llanto de los bebes. Llanto lógico, si tienen en cuenta que a casi todos les clavan una aguja que mide la mitad de lo que mide su pierna. Por suerte Marcela no es llorona. La abrazo fuerte, y esperamos los dos a que le pongan la vacuna. Anita, en el colegio, debe sentir el hincón con más fuerza, porque llama y su voz está preocupada, la imagino con los ojos grandes, redondos, rojos, porque no soportaría ver cómo vacunan a Marcela.
Marcela llora un ratito, ni 20 segundos, y se calla. Retoma la sonrisa luego del susto, y cuando salimos del hospital ya vuelve a estar dormida.
ACTUALIZACIÓN:
Mañana, 5 de julio, por fin podremos estar ambos padres en la vacunación. La doctora del Hospital Santa Rosa es muy buena. Le dije a Anita que compare el trato que recibimos en la clínica con el de la doctora Teresa Campos.
A ver qué opina.
Dos semanas después, el Seguro cumple. Demoraron demasiado, no avisan (y eso que en uno de sus benditos formularios de llenar a mano, piden como dato el teléfono y el correo), pero tarde o temprano cumplen. El viernes fui al Seguro a preguntar cómo iba el tema, esperando que me mandaran de una oficina a otra hasta que algún alma caritativa me dijera lo que quería oír, pero todo fue diferente. Todo fue correcto, fue bueno.
Llegué a la oficina en la que tanto había tenido que aguantar, y el vigilante no me dejó sentarme hasta que le diga el motivo de mi presencia. Cuando se lo dije, me señaló al primer escritorio, donde estaba el trabajador despeinado con su camisa blanca a rayas. Intenté negociar: “sí, pero la señora que me atendió está en ESA ventanilla”, señalando a “la mujer que amaba su sello“. No hubo caso: el vigilante me obligó a ir al escritorio.

Me recibió con el mismo aire que la primera vez, así que fui directamente al grano para ahorrar molestias “Todavía no nos pagan la lactancia. El formulario dice 26 de abril y ya estamos 7″. No había lugar a peroratas ni cambio de actitudes, yo había ido con una sola pregunta, así que la respuesta debiera ser una. “Ah, ya” -dijo – “lo que pasa es que justo el día que hiciste el trámite, el 16, ¿no? se cayó todo el sistema y después tuvimos que volver a ingresar los datos, los que se inscribieron esa semana los hemos pasado para el 5 o el 10 de mayo”. Me resigné. Sospechaba que habían perdido mi formulario y que tendría que hacer todo el trámite de nuevo. Le preguntó al que estaba a su lado, el del bigote recién afeitado (me imagino que de acá a veinte años, ellos seguirán sentados ahí mismo, en ese sótano, apantallando a los que no sabemos), quien le confirmó el dato con gesto rápido mientras atendía a una señora.
Se tomó la molestia de mostrarme que el sistema fallaba. Volteó un poco el monitor y me permitió ver si “había vuelto el sistema”; y por obra y milagro de algún santo, volvió a haber sistema. Me pidió mi DNI para poder darme la fecha de entrega, y volteó más el monitor. Con aire de triunfo me dijo, mientras señalaba la pantalla: “ahístá, el 10″. Alcancé a ver el 10 y arriba mi nombre. No había nada más que hacer.
Me despedí, le di las gracias y salí con cara de “el 10 vuelvo”, pero no fue así. El Seguro pagó. Y así como vino se fue. Sólo espero no tener que volver a hacer trámites hasta dentro de mucho tiempo.
Tuve que pensar mucho para escribir esto. Desde que nació la idea del blog, poco después de que Anita salió embarazada, sospechaba que en algún momento tendría que escribir sobre cosas que no son tan felicidad como otras, cosas que entran en la de categoría de “inevitables”.
Lo primero que me viene a la mente, son las palabras de Lucho – creo que fue el primero en enterarse – cuando le conté que Anita estaba embarazada. Me dijo: “lo más importante de todo es que estés, que siempre sepas estar”. Y esa me parece la mejor forma de comenzar a contar lo que se viene, sabiendo que, en estos momentos en que todo parece difícil, estar.
La historia es simple: Anita retomó las clases en el colegio este lunes, primer día de mayo, y después de sopesar todas las posibilidades, la mejor opción es que su mamá cuide a Marcela mientras ella trabaja. Por eso Anita tendrá que regresar a la casa de sus padres. Eso nos da la tranquilidad de que Marcela estará cuidada todo el tiempo, y Anita regresará del trabajo a cuidar a la bebe. Mientras tanto, tendré que hacer mucho de mi parte: trabajaré como nunca para acabar lo más temprano posible, irme a casa a dormir, despertarme antes de las 6 de la tarde y salir corriendo a casa de mis suegros a ver a mi bebe. Y cuando pueda, salir de la oficina directo a verla, porque estos dos meses han sido los mejores de mi vida y solo un estúpido dejaría de querer momentos tan importantes como estos.
Los viernes por la tarde, iré a recoger a Anita y antes de que anochezca, volveremos a casa, y los domingos por la noche las llevaré de regreso. Se siente bastante raro, porque mis horarios me hacen dormir en casa solo viernes y sábado (ya toca cambiar de horarios, ojalá pueda hacerlo pronto), pero no hay nada más alucinante que llegar, a eso de las once o doce y verla despierta, y ver sus ojitos abiertos y escuchar su voz, sus muecas, agarrar sus manitos… todo.
Lo primero que hicimos para calmar la situación fue calcular, así grosso modo, las fechas en las que estaríamos viviendo juntos de nuevo: ella sale de vacaciones una semana – la próxima – y luego yo salgo de vacaciones durante dos semanas. Así resolvemos mayo. En junio no hay un feriado largo ni vacaciones, pero después viene julio con su feriado largo, que siempre nos va a favorecer para estar juntos.
Agosto y setiembre serán, pero en octubre ella tiene una semana de vacaciones en la que, además coincide conmigo, por lo que podremos vivir juntos de nuevo. Noviembre, diciembre difíciles, y luego enero, febrero mucho más clamados. Justo para celebrar el primer cumpleaños de Marcela.
Es el primer día de la madre que tengo en que celebro de manera diferente. Obvio, porque soy padre. Y hay una madre a mi lado. Antes era más fácil porque sólo estaba mi madre y la esposa de mi hermano, entonces nos arreglábamos saliendo a comer o con alguna de mis hermanas que cocinaba especialmente para ese día, un par de botellas de vino y a dormir (eso porque el trabajo no se detiene, hay que sacar el programa sí o sí).
En cuanto a regalos la cosa era más simple todavía, mis hermanas decidían el regalo, lo escogían, buscaban precio, y después me decían: “cuesta tanto, somos tantos, divide y pon tu parte”. El regalo tenía el nombre de los cuatro hermanos, así que todo andaba bien.

Ahora sí estoy en problemas. Ayer conversaba con Anita mientras esperábamos la hora de darle su biberón a Marcela, y salió a relucir el tema. La conversación fue más o menos así:
- Ya se viene el día de la madre.
- ¿Qué quieres que te regale?
- Mi amor, no tenemos plata ahorita, mejor no hay que gastar…
- Mi amor, la plata va a viene, ¿qué te gustaría que te regale?
- Nada, mi amor. No quiero nada, no te preocupes…
- Si quieres, envuelvo a la bebe en papel regalo y le pongo su lacito rojo encima, y te despierto con ese regalazo. Es lo que más quieres…
- Jaaaaaaaaaaaaaaaa, jajajaj
- De verdad, mi amor, además es tu primer día de la madre, algo hay que quieras y pueda regalarte
En ese momento, la conversación la tenía yo controlada, sabía a donde quería llegar: que me dé una pista de qué regalarle, alguna señal, algún indicio, que mirara hacia algún lado pensando hasta que escogiera un regalo.
Era cuestión de pulsear, un poco de tira y afloja, y el regalo estaba hecho.
- Ya sé qué quiero, mi amor – me dice.
- Dime, “amochito”, para regalartelo. (La satisfacción por la estratagema empleada me hacía sonreír, con cara de ganador)
- Quiero un “detallito”
- Este… mi amor… ¿qué detallito quieres?
- No sé, cualquier cosa, un “detallito”
En esas 3 últimas frases toda mi expresión cambió: no podía poner cara de ganador si no sabía que era un “detallito”. Mi lado cavernícola se hizo presente, me empezaron a crecer pelos en pecho y espaldad, me empecé a encorvar, y mi ropa se transformó en pieles de algún animal extinto.
- ¿Qué es un detallito para ti, mi amor?
- No sé cualquier cosa…
Empecé a evolucionar a miles de años por segundo. Ya sé que no podrían ser aretes, ni pulseras, ni collares; tampoco podría ser ropa o zapatos. Esos son regalos, no detallitos. Sigo evolucionando. Sé que no es llevarla a comer (además no tenemos plata para gastar en eso). Sigo evolucionando. Estoy en mi infancia, cuando a mi mamá le construí un estante con unas maderas astilladas que sobraron de alguna construcción y la pinté de verde agua con pintura que sobró de algún otro lado, y era un estante tan endeble que no podías ponerle un cuaderno sin que se meciera como barco en tormenta. No. ¿Manualidades? Dudo mucho. Tiene que haber otro detalle. Rosas. ¡¡¡Yala!!!.
He buscado en la red por un rato, y todos coinciden en que los detalles se regalan ¿Y los regalos? También. Según eso, los detalles son igual que los regalos. Podría comprar cualquier cosa, ¿pero cómo voy a saber si es un regalo o un detalle? Las pocas veces que he regalado algo, han tenido un feeling bastante especial, así que no sé si entran en categoría de detalles.
El “detalle”, creo, no debería ser comprado. Pero si intentó hacer algo voy a desnudar mis peores vergüenzas: incapacidad para amarrarme los pasadores o hacerme un nudo de corbata, así que manualidades fuera. ¿Escribirle una canción? Muy poco tiempo y estoy bastante oxidado, además la guitarra no tiene cuerdas. ¿Cocinar? Sólo se cocinar pal diario y me falta “oficio” para adornar un plato.
¿Qué le regalo?´Me queda una semana. Acepto sugerencias.
Ni para película sirve esta parte final de mi pelea con el Seguro. Después de ir varias veces al Seguro a cobrar la lactancia que por ley tienen que darnos, el documento – esa copia a mano del formulario – dice que el 26 de abril nos iban a pagar: la ingenuidad pasa factura:
Lunes 26 de abril: Anita fue al banco: nada
Martes 26 de abril: Anita fue al banco: nada (aquí la excepción fue que la cajera le comentó, extraoficialmente, que el Seguro siempre se demora en pagar “como diez días hábiles”. Entonces toca ir mañana.

Esto lo voy a ir actualizando hasta que podamos cobrar la lactancia y respirar en paz.
Actualizado:
Jueves 27: Ni señales
Viernes 28: Tampoco
Fin de Semana: Descansar, porque es casi seguro que ellos no iban a mover un dedo.
Lunes 3 de mayo: Nada, ni para ilusionarnos.
Martes 4: Tampoco hay la más mínima información sobre el cheque de lactancia (Un momento bien “El Coronel no tiene quien le escriba”)
Eso: Cuando Marcela nació tomaba más o menos dos onzas y media de fórmula. Para Anita y para mí el problema era cómo calcular la cantidad de agua fría y la cantidad de agua caliente para que el biberón estuviera a la temperatura perfecta: ni muy caliente como para que le molestara, ni muy fría para que le produzca gases.
Ya son dos meses, y hace algunos días ha superado la barrera de las 5 onzas. 6 en la noche a eso de las 10 y se duerme de largo hasta las 5 o 6 de la mañana (¡¡¡si sigue así, en un año tomará 10 litros y será gigante!!!), y Anita puede dormir un poquito más de corrido. Creemos que vamos por el camino correcto a que Marcela duerma toda noche. Pero, sobre todo, a tener una niña hermosa, sana y fuerte.
Mi tercer día de pelear con el Seguro Social fue particularmente extraño. Llegué preparado cualquier cosa: copias suficientes de todo lo que se me ocurrió, documentos originales, música para esperar, bien comido, etc.
Lo más importante fue que mandé a hacer un sello. Cuando en la oficina pregunté por un sello con las características específicas, se rieron – no demí, sino conmigo -, porque en estas épocas de grandes desarrollos tecnológicos, el Seguro vive en la edad de piedra. Peor que en la edad de piedra, porque en esa época eran felices con su ignorancia y se las arreglaban bien, pero aquí ahora, donde todas las empresas apuntan a hacer la vida más cómoda, ellos siguen poniéndose trabas, no evolucionan.

Así que me fui al Seguro, confiando en que sería la tercera, más no la última visita. Caminé de frente al sótano, y seguí derecho a la oficina que me correspondía. Esta vez no encontré a ninguno de los dos que me había atendido anteriormente. Me mandaron a una ventanilla, por suerte a la espera de una sola persona a la que ya atendían. Mientras esperaba, llegó una adulta mayor, una señora bastante mayor con un séquito de 3 o 4 personas (hace más de una semana que fui, así que no recuerdo muy el dato). En primera instancia me dije: “bueno, que la señora pase y luego iré yo. Ojalá no sea como cuando voy al banco, que luego entra un montón de gente con “acceso rápido” y yo termino esperando más de una hora”. Pero no, la señora de la ventanilla me llamó a mí, mientras que a la “adulto mayor” la atendían en la ventanilla de al lado, acompañada por uno de su séquito.
La señora que me atendió revisó todos los papeles sin emitir comentario. Eso me preocupó: que no pida nada, que no diga que algo está mal. Que no me haga regresar otro día. No es lo que esperaba. La señora revisaba mis papeles, mis copias, mis documentos sin decir nada. Pero no era sería, sino que se abstraía viendo las letras, tecleando algo en la computadora, y comparando papeles. Como tenía buen talante, se me ocurrió preguntarle por el sello que me obligó a hacer el tinterillo del escritorio: “¡pues… claro que tiene que ser el sello así. Es lo que nosotros usamos para comparar los documentos!”.
A partir de ahí escuché una apología a la trascendencia de los sellos en el Seguro que me condujo por caminos nunca antes imaginados. La escuchaba anonado, la mujer mostraba una pasión por su sello como no había visto antes. me mostró su sello, con su nombre y la fecha cambiable, mientras me decía lo importante que era para ella tenerlo, no porque le diera autoridad, sino porque la definía. Entre toda la maraña de trabajadores en el Seguro, ese sello era su identificación, como lo es el DNI en la calle. Como queriendo ver a donde llegaba, añadí: “¿y si se lo roban?”. La respuesta fue contundente. “Si me lo roban, tengo que sentar denuncia en la comisaría. Con esa denuncia, voy donde mi jefe y le digo que necesito un sello nuevo, y mi jefe se encargará de conseguirlo”. Diablos: me imagino la cara del policía registrando el robo de un sello.
No quiero bromear más con esto del sello, porque la señora se lo tomaba muy en serio y tendrá sus razones. Al final, me recibió todos los papeles, me informó que en unos días más podría cobrar la lactancia (no yo, sino mi esposa) y no habría necesidad de volver a hacer esos tediosos trámites otra vez (aunque la siguiente vez ya no lo serían tanto, porque ya conozco el proceso), y podría seguir con mi vida.
Pero, como es obvio, no podía faltar el comentario final, que me recordaría que estoy en una institución del Estado y que su misión no es lo que parece – ayudar – sino complicarle la vida a otros: “si hay algún dato mal llenado, no podrá cobrarlo. Entonces tendrá que hacer el trámite de nuevo”. No hay mejor forma de quitarle la sonrisa a alguien que amenazarlo con encontrar algún error. Sólo me faltan unos días para descubrir si encontraron algo mal en mis documentos: el tipo de letra, me salí de los bordes, o algo así. Faltan unos días para cerrar un trámite que tan simple que solo duró un mes y medio.
Una de las cosas que va a escuchar (y ver) sí o sí Marcela cuando sea grande, es Les Luthiers. Los 11 DVDs que tengo. Aquí le dejó un adelanto:
Esta es la segunda parte de mi batalla con el Seguro Social. La anterior, que fue hace más de 20 días, tuvo un final desastrozo. Fácil podía haber empezado a vivir “Un Día de Furía“, pero como Michael Douglas ya contó el final, mejor sigo con mi vida.
Esta segunda gran batalla no empezó ayer viernes, que fui con la pata en alto pensando encontrar al mismo tinterillo sentado detrás de su escritorio demasiado grande para él, sino el día anterior, el jueves, cuando fui al Seguro confiando en que me dirían que había algo malo y que tendría que volver luego, algo para lo cual ya me había preparado psicológicamente.
El jueves fui temprano, poco antes de las dos de la tarde, y no encontré al burócrata esperado. En el escritorio de al lado, había otro, con cara más amable, que parecía que recién se había afeitado el bigote (uno se da cuenta de esas cosas porque la parte de encima del labio superior está más clara que el resto de la cara) que sería quien me atendería luego de una señora que tenía más papeles y formularios que yo, quien a su vez esperaba a un joven que ya estaba sentado frente al empleado recién afeitado y tomando notas sobre todos los documentos que le faltaban y la forma correcta en que debía llenar cada formulario. Pobre muchacho: creía que iba a ir por primera vez al seguro e iba a salir sonriendo por un buen servicio.
Luego de la señora – curtida en estas lides, al parecer – que seleccionaba de su gran colección todos los papeles que le iban pidiendo, y no se levantó de ese asiento, fue mi turno, pero esta vez no iba con la sonrisa del adolescente, sino con la absoluta y total certeza de que tendría que volver otro día, y que probablemente ese otro día me harían ir de nuevo. Me senté frente al hombre sin bigote, y l dije, muy tranquilo: “vengo a pedir lo de la lactancia”, a la vez que ponía todos los papeles que había llevado encima de la mesa. El hombre no se inmutó, no dijo nada después del saludo mutuo y empezó a ordenar sus cosas para atenderme. No sé que habría esperado él, pero yo me mantuve muy tranquilo cuando lo escuché decir, luego de revisar mis papeles: “para empezar, esto está mal llenado”. Aquí hago una acotación que entra en la categoría de absurdo: me dieron dos formularios idénticos, creo que el número 8002, y los llené con algo de duda, dejando los espacios que no comprendía y, en los que si tenía duda, llenaba un dato en uno y en otro otro dato. Cuando llegué al trabajador, descubrí que un formulario era el original y el otro la copia. No podía llenar bien uno y sacarle copia, sino llenarlos a mano y aumentar en 100% la posibilidad de error.
No dije nada. El funcionario recién afeitado inició la explicación: “esto se llena así, esto se llena asá, esto va aquí, esto lo pones acá”. Malos recuerdos: parecía un profesor calificando mi examen, a lo que estaba bien llenado le ponía un check, y a lo que estaba mal llenado, le escribía al costado lo que debía decir. Puso una claridad enorme en mi cabeza. Ahora sabía todo lo que tenía que hacer, y la próxima visita al seguro podría ser la última para poder cobrar la lactancia.

Lo segundo, que es digno de recordar y espero sirva para todos los que vayan al seguro, es que el sello de la empresa, es un sello con características específicas: arriba va el nombre de la empresa, al medio espacio para firmar, y debajo el nombre del representante legal y su cargo. No sirve levar otro sello, ni juntar dos que sumen esos datos. Tiene que ser ESE sello. Y si la empresa no lo tiene, comprar uno.
Y sí. No es que uno esté desesperado, ni que crea todo lo que le digan, pero hay algunas cosas que hasta ahora he visto funcionar muy bien y no tienen respaldo científico. Hace algunos días pregunté en twitter si alguien sabía cómo funciona el que le pongas un hilo rojo hecho bolita, o un papel, en la frente a un bebe y se le quita el hipo, y tal como lo sospechube, nadie tenía la respuesta (había algunas, pero de respuesta, nada).
La semana pasada que Marcela lloraba mucho, su abuela – mi madre – la rezó un par de veces para que esté tranquila. No hay mucho misterio en el resultado: la bebé durmió cómodamente luego de la rezada. Por primera vez estuve en el mismo ambiente en el que mi mamá rezaba a alguien (anteriormente, cuando mi sobrino tenía pocos meses de nacido, lo rezó para que se le fuera el susto, pero yo nunca estuve presente) y fue una experiencia extraña, no porque pasaran cosas estrámbóticas o se mostraran misterios de la naturaleza nunca antes vistos; ni luces de colores, ni nada que me hiciera pensar en una visita divina que solucione las cosas: solamente empezó a rezar bajito, casi imperceptible, a hacer la señal de la cruz sobre su frente, sobre su pecho, y seguir rezándole por unos 5 minutos. La bebe se quedó tranquila hasta el día siguiente.
Pero el asunto no acabó ahí. La bebe seguía llorando, así que Claudia, mi cuñada, llevó a Anita y a la bebe a una señora que cura el mal de ojo. Era como otro level: mi mamá sabe rezar, curar el susto, pero no cura el mal de ojo, ni sabe pasar el huevo, ni muchas otras cosas. Primero le pasaron el huevo a la bebe y Anita pudo ver fascinada cómo es que el huevo tenía una textura totalmente diferente a la de un huevo normal. La clara del huevo cambia totalmente, es otra cosa.
Luego la limpiaron a ella, y el huevo también sufrió el mismo cambio. Lo que les dijo la señora es que era demasiado fuerte el mal de ojo que tenían ambas, así que las convocó a una segunda sesión, el miércoles, para terminar la limpia. Luego de esa sesión, la bebe ya no ha vuelto a llorar (por lo menos no por motivos extraños) y Anita está mucho más tranquila.
Eso sí, la bebe ya no sale de casa sin su chakira en la muñeca, o sin su bebecrece rojo. Cada vez que hay visita, Marcela se viste de rojo y la preparamos para enfrentar cualquier ojeada. Hasta ahora ha dado resultado, y esta semana Marcela ha empezado a hacer la mueca más hermosa que he visto en mi vida: se ríe.

