Una de las cosas más comunes en los bebes es regurgitar: viene Marcela, toma su leche, bota su chancho… y de repente ¡¡¡zas!!! regurgita. Y si tuviste la suerte de tenerla recostada en tu hombro, bienvenido el olor a leche en tu ropa. Limpias, queda húmeda la casaca, pero el olor a leche te acompañará hasta que te cambies de ropa.
Siempre, las primeras veces, los papás nos preocupamos. Apenas regurgita empezamos a hablar de la perdida de peso, de que “cuando la cargo la siento menos pesada”, de que algo pasa, de que podríamos ir al doctor. Por suerte, siempre está la suegra cerca que nos dice lo normal que es que un bebe regurgite. Luego, acostumbrarse a eso es sólo cuestión de tiempo.
Me imagino que es como llenar un pequeño tanque. Lo llenas hasta cierto punto, y cuando excedes el límite, se rebasa.
El problema viene cuando no regurgita, sino vomita. Uno se da cuenta, ya no es el olor a leche, sino el característico olor del vómito. Y Marcela ha vomitado. La primera el sábado en la noche, pero no nos sobresaltamos mucho por el hecho. Hoy día en la mañana también ha vomitado. Poquito, pero suficiente como para despertar ese sensor que nos indica que algo podría estar haciéndole daño. Podría es la palabra correcta, porque si decimos que le está haciendo daño, ya sería un grito de alerta.
Ahora en la noche ha vuelto a vomitar. Ya se despertó nuestra señal de alerta, así que mañana en la mañana iremos al pediatra. No vamos desesperados a la clínica porque los vómitos han sido muy distanciados, el sábado en la noche, hoy en la mañana y ahora en la noche.
Una amiga, Ayda, me dice que probablemente se deba a que está con la garganta irritada. En un bebe eso puede producir vómitos. Ojalá sea sólo eso, pero igual la señal de alerta está dada y mañana veremos al pediatra.

