Dos semanas después, el Seguro cumple. Demoraron demasiado, no avisan (y eso que en uno de sus benditos formularios de llenar a mano, piden como dato el teléfono y el correo), pero tarde o temprano cumplen. El viernes fui al Seguro a preguntar cómo iba el tema, esperando que me mandaran de una oficina a otra hasta que algún alma caritativa me dijera lo que quería oír, pero todo fue diferente. Todo fue correcto, fue bueno.
Llegué a la oficina en la que tanto había tenido que aguantar, y el vigilante no me dejó sentarme hasta que le diga el motivo de mi presencia. Cuando se lo dije, me señaló al primer escritorio, donde estaba el trabajador despeinado con su camisa blanca a rayas. Intenté negociar: “sí, pero la señora que me atendió está en ESA ventanilla”, señalando a “la mujer que amaba su sello“. No hubo caso: el vigilante me obligó a ir al escritorio.

Me recibió con el mismo aire que la primera vez, así que fui directamente al grano para ahorrar molestias “Todavía no nos pagan la lactancia. El formulario dice 26 de abril y ya estamos 7″. No había lugar a peroratas ni cambio de actitudes, yo había ido con una sola pregunta, así que la respuesta debiera ser una. “Ah, ya” -dijo – “lo que pasa es que justo el día que hiciste el trámite, el 16, ¿no? se cayó todo el sistema y después tuvimos que volver a ingresar los datos, los que se inscribieron esa semana los hemos pasado para el 5 o el 10 de mayo”. Me resigné. Sospechaba que habían perdido mi formulario y que tendría que hacer todo el trámite de nuevo. Le preguntó al que estaba a su lado, el del bigote recién afeitado (me imagino que de acá a veinte años, ellos seguirán sentados ahí mismo, en ese sótano, apantallando a los que no sabemos), quien le confirmó el dato con gesto rápido mientras atendía a una señora.
Se tomó la molestia de mostrarme que el sistema fallaba. Volteó un poco el monitor y me permitió ver si “había vuelto el sistema”; y por obra y milagro de algún santo, volvió a haber sistema. Me pidió mi DNI para poder darme la fecha de entrega, y volteó más el monitor. Con aire de triunfo me dijo, mientras señalaba la pantalla: “ahístá, el 10″. Alcancé a ver el 10 y arriba mi nombre. No había nada más que hacer.
Me despedí, le di las gracias y salí con cara de “el 10 vuelvo”, pero no fue así. El Seguro pagó. Y así como vino se fue. Sólo espero no tener que volver a hacer trámites hasta dentro de mucho tiempo.

