Esta es la segunda parte de mi batalla con el Seguro Social. La anterior, que fue hace más de 20 días, tuvo un final desastrozo. Fácil podía haber empezado a vivir “Un Día de Furía“, pero como Michael Douglas ya contó el final, mejor sigo con mi vida.
Esta segunda gran batalla no empezó ayer viernes, que fui con la pata en alto pensando encontrar al mismo tinterillo sentado detrás de su escritorio demasiado grande para él, sino el día anterior, el jueves, cuando fui al Seguro confiando en que me dirían que había algo malo y que tendría que volver luego, algo para lo cual ya me había preparado psicológicamente.
El jueves fui temprano, poco antes de las dos de la tarde, y no encontré al burócrata esperado. En el escritorio de al lado, había otro, con cara más amable, que parecía que recién se había afeitado el bigote (uno se da cuenta de esas cosas porque la parte de encima del labio superior está más clara que el resto de la cara) que sería quien me atendería luego de una señora que tenía más papeles y formularios que yo, quien a su vez esperaba a un joven que ya estaba sentado frente al empleado recién afeitado y tomando notas sobre todos los documentos que le faltaban y la forma correcta en que debía llenar cada formulario. Pobre muchacho: creía que iba a ir por primera vez al seguro e iba a salir sonriendo por un buen servicio.
Luego de la señora – curtida en estas lides, al parecer – que seleccionaba de su gran colección todos los papeles que le iban pidiendo, y no se levantó de ese asiento, fue mi turno, pero esta vez no iba con la sonrisa del adolescente, sino con la absoluta y total certeza de que tendría que volver otro día, y que probablemente ese otro día me harían ir de nuevo. Me senté frente al hombre sin bigote, y l dije, muy tranquilo: “vengo a pedir lo de la lactancia”, a la vez que ponía todos los papeles que había llevado encima de la mesa. El hombre no se inmutó, no dijo nada después del saludo mutuo y empezó a ordenar sus cosas para atenderme. No sé que habría esperado él, pero yo me mantuve muy tranquilo cuando lo escuché decir, luego de revisar mis papeles: “para empezar, esto está mal llenado”. Aquí hago una acotación que entra en la categoría de absurdo: me dieron dos formularios idénticos, creo que el número 8002, y los llené con algo de duda, dejando los espacios que no comprendía y, en los que si tenía duda, llenaba un dato en uno y en otro otro dato. Cuando llegué al trabajador, descubrí que un formulario era el original y el otro la copia. No podía llenar bien uno y sacarle copia, sino llenarlos a mano y aumentar en 100% la posibilidad de error.
No dije nada. El funcionario recién afeitado inició la explicación: “esto se llena así, esto se llena asá, esto va aquí, esto lo pones acá”. Malos recuerdos: parecía un profesor calificando mi examen, a lo que estaba bien llenado le ponía un check, y a lo que estaba mal llenado, le escribía al costado lo que debía decir. Puso una claridad enorme en mi cabeza. Ahora sabía todo lo que tenía que hacer, y la próxima visita al seguro podría ser la última para poder cobrar la lactancia.

Lo segundo, que es digno de recordar y espero sirva para todos los que vayan al seguro, es que el sello de la empresa, es un sello con características específicas: arriba va el nombre de la empresa, al medio espacio para firmar, y debajo el nombre del representante legal y su cargo. No sirve levar otro sello, ni juntar dos que sumen esos datos. Tiene que ser ESE sello. Y si la empresa no lo tiene, comprar uno.


[...] la oficina que me correspondía. Esta vez no encontré a ninguno de los dos que me había atendido anteriormente. Me mandaron a una ventanilla, por suerte a la espera de una sola persona a la que ya atendían. [...]
[...] para película sirve esta parte final de mi pelea con el Seguro. Después de ir varias veces al Seguro a cobrar la lactancia que por ley tienen que darnos, el documento – esa copia [...]