Hace casi dos semanas, Marcela le dio un nuevo brillo a todo lo que nos rodea. Y han sido dos semanas increíbles, pasando buenos ratos mirándola dormir o escuchándola llorar, viendola tomar su teta, o – lo que también es igual de hermoso – simplemente pensando en ella.
Pero también ha sudo una semana larga. Una semana muy larga, en que Anita y yo hemos tenido que aprender mucho (por suerte las abuelas están atentas a cualquier cosa que podamos necesitar). Y lo que más hemos necesitado ha sido paciencia: paciencia para aprender a descubrir qué pasa cuando llora Marcela. No es tan fácil como uno dice, así en primera instancia. Pero vamos por partes.

Marcela debe ser una de las niñas mejor cuidadas de estos tiempos, y Anita lo hace con tantas ganas que sólo me queda llamarla heroína. Eso desde ya la dibuja como una madre increíble. Pero cuando Marcela llora (como supongo que lo hace cualquier bebé), puede haber – como dice la abuela – tres motivos:
Está sucia y toca cambiarla: eso es fácil de verificar, basta con abrir el pañal y ver si ha hecho pichi o caca. Si el pañal está seco, entonces hay que pasar a la siguiente prueba: darle la leche (de lactar o bibierón). Darle un par de onzas para que tenga la barriga llena, duerma y siga creciendo.
Pero si al rato la bebe sigue llorando, uno ya empieza a preocuparse: el pediatra nos recomendó comprar gaseovet, porque a los recién nacidos les da gases rápido. Unas cinco gotitas (siempre bajo receta, no vaya a ser que un bestia quiera darle el remedio cada media hora) en las dos onzas de leche, y como a la hora se calma.
Lo preocupante (por lo menos para nosotros, los padres primerizos) es que siga llorando. Ahí uno deja de pensar en cualquier otra cosa. Uno se detiene, se detiene el mundo y todo lo que sucede es que cargamos a la bebe y confiamos en que deje de llorar. Después ya viene la abuela y nos dice, con toda la calma del mundo: “se va a costumbrar a que la carguen y después vas a tener que cargarla todo el rato”. “pero no deja de llorar”, respondemos, con la casi certeza de que la réplica va a ser contundente. La abuela nos mira, nos repite la historia, y empieza a ver a la bebe. Lo primero que hace, con toda su experiencia, es pasarle el dedo meñique por los labios y vemos que la bebe empieza a succionar: no quería tomar teta, no quería biberón, pero la abuela viene, observa un rato, y zas!!! la solución es esa. Le damos biberón, y luego de pulsear un poquito, recibe el biberón y se lo toma en un ratito. Luego que bote el chanchito, y a mandarla a dormir.
La abuela carga a Marcela, le dice un par de palabras, unos quecos, y la bebe se calla. Pero como al rato sigue llorando, decide rezarla. Eso me parece asombroso, y no sé a costa de qué eso funciona. La reza un rato, cinco, diez minutos, y la bebe deja de llorar. Veo que le hace la señal de la cruz en la cabeza, en el cuerpo, y balbucea (supongo que padres nuestros o algo así). Y la bebe se duerme. Se duerme bien, profundo, y descansa (y nosotros también) hasta el día siguiente.
Así ha pasado la primera semana, con sobresaltos, con preocupaciones, pero sobre con Marcela que crece mucho y rápido; con Anita grande, atenta a todo, como la gran mamá que es, y yo intentando estar todo lo pendiente que pueda para que no haya ningún problema. Veré si este fin de semana les cuento la visita al pediatra, y su primera vacuna en el Santa Rosa.


Gracias amor por considerarme heroína, pero el que se debe llevar los créditos eres tu, por que siempre estas presente en todo momento a pesar del cansancio, Gracias por tu paciencia. Te amo mucho “GRANDE PA”.