Nunca me importó estar en el seguro. Ni siquiera cuando me enteré que estaba inscrito le tomé importancia, pero ahora que inscribí a Marcela, puedo comentar un poco cómo va el proceso de hacer un trámite.
La gente siempre se queja del Seguro, de la mala atención, y hasta el final de mi recorrido, recién entendí por qué. Salí de trabajar a las 10 y media de la mañana (martes, creo, de la semana pasada) y fui con la copia del trámite del DNI de Marcela, partida de nacimiento mía, de Anita, recibos de 3 meses de sueldo, factura de la refri, fotocopia de la boleta del caldo de gallina del sábado; en fin, todo papel que pueda ser útil para hacer el bendito trámite: que se me pague por lactancia (son más de 800 soles, así que uno tiene que hacer el esfuerzo).
Ni bien llegué al Seguro que está en la Arequipa, a dos cuadras de Javier Prado, me recibe un tipo agradable, con camisa y corbata a pesar de los casi 30 grados. Le pregunto, me responde cómodo, gentil. Me indica que tengo que sacarle copia a todo, y que necesito llenar el formulario 1085, y que tengo que llenar otro formulario, y que tiene que llevar la firma del más más de la institución donde trabajo. Hasta ahí, bien: error mío no informarme de todo.
Vuelvo a la oficina, hablo con la gente que sabe del tema, y me ayudan a llenar los formularios. Uno lo descargo de internet y el otro lo traje desde la oficina del Seguro. Vuelvo al Seguro caminando, que son sólo 8 cuadras; casi mediodía, cansado, soportando 30 grados con jean, como que uno empieza a oler más feo que sopa de loco. En la puerta del Seguro me recibe el mismo tipo. Le muestro los papeles: ahora tegno que sacarle copia a los formularios. Una cuadra más allá hay una tienda que ofrece el servicio. Saco todas las copias habidas y por haber. Vuelvo al seguro, medio atontado por el calor y el sueño.
Entro, confiando en que mi buen humor y ganas de llevarme bien y pedir “por favor” y dar las gracias, hagan un trámite rápido y cómodo. ¡¡¡Pobre de mí!!! Saco mi ticket, me siento a esperar mi turno. Mi turno llega cuando tengo un ojo cerrado. La chica en la ventanilla (no más de 25 años) es amable, me recibe los papeles, espera tranquila a que ordene mis copias. Las ordnea, y cuando ve mis papeles, se da cuenta de un pequeño detalle: YO NO DEBÍA ESTAR AHI. No: según el Seguro, me toca atenderme en el gigantesco edificio de Arenales y no en ese local. Todavía amable, le pregunto, y ella me lo explica de buen humor: “es que nosotros dividimos las inscripciones de acuerdo a la zona en la que trabajas. Tu oficina está en Lince”.

La chica, muy paciente, ve mis documentos y añade: “Tienes que traer una copia del DNI de tu jefe”. La miro con cara de “qué ganas de joder que tienen aquí”, le regalo una sonrisa y me vuelvo a la oficina. Luego de conseguir las copias del DNI del más más, salgo, más o menos feliz porque no voy a tener que volver a esa oficina del seguro.
¡¡¡Más pobre de mí!!! ¡¡¡Mucho más pobre de mí!!! Llego al monstruoso edificio de Arenales. Entro rápido gracias a la resignación del policía que no aguanta el calor y está parado desde la mañana en la puerta. En la primera ventanilla a la que me acerco, en la que inscribo a Marcela como asegurada, una señorita recibe mis papeles y se ríe de la cantidad de copias que tengo en la mano. Por suerte, estoy en el lugar correcto: Unos minutos después, Marcelita ya es asegurada, sólo me queda buscar el pago por lactancia.
La chica de la ventanilla me manda al sótano, oficina 101. Bajo, sintiéndome más cómodo en ese sótano desolado y frío. Un sólo vigilante, que me indica cómo llegar a la oficina 101. Termino dando toda la vuelta al sótano, que además de frío es grande, y llego a una puerta debajo de la escalera de acceso principal. Las lágrimas por la frustración son casi incontenibles: las 4:00PM, sin dormir, oliendo a sopa de loco, y la bendita puerta, cerrada con candado. Así deben sentirse los asesinos múltiples de Nueva York.
Por suerte, otro vigilante sale de una oficina cercana, y viéndome resignado, parado frente a la oficina 101 sin saber cómo desquitarme, me indica que el trámite se hace en tal oficina, no en esa. Como que recuperé algo de buen humor. Llego a la mencionada oficina, no hay gente en la cola, ventanillas vacías, todo parece un final feliz. Me acerco a la segunda ventanilla, planteo mi introducción tantas veces repetida, y la señora me dice: “el señor lo va a atender”. La cara se me arrugó y la lisura estaba buscando espacio para salir por la comisura de mis labios. Tomando aire, me pare en la ventanilla del costado, a 1 metro de la desmotivadora señora, y el señor que estaba ahí me dice: “en un rato lo atiendo”.
Me siento. Estoy sólo en la oficina, así que con las pocas fuerzas que me quedan antes de dormir, lo veo al señor irse hasta el fondo de su oficina y ponerse a hablar por teléfono. Y hablaba, y hablaba, y hablaba más. Yo pensé que me estaba jodiendo, pero no: hablaba y hablaba. Quince minutos después, regresa y me atiende. Le basta una mirada a mis papeles para sonreír y decirme que esa no es la oficina correcta, pero que no me desespere: “es aquí a la vueltita, la primera puerta de la derecha. Volteando, no más”.
Llegué bostezando, despeinado (encima de que soy feo, mal aspectoso) hay gente esperando y la oficina está oscura. Mala iluminación, gente dormitando mientras espera su turno, y dos oficinistas atendiendo. Por suerte, el que atiende a los que tienen su oficina en Lince sólo está atendiendo a una persona. Después sigo yo. La señora acaba rápido, y con mi metro ochenta levanto la cabeza al más puro estilo del reino del suricato para hacerme notar. En ese momento, justo ahí, entra una persona a hacer una consulta. Escondo el cuello, y a esperar otros cinco minutos.
Por fin, después de todo un día intentando hacer un trámite, es mi turno. Un día completo, caminando, oliendo a loco, sudando, intentando llevarme bien con todos, es mi turno. Casi puedo saborear la victoria. Me siento frente el tipo: despeinado, cabello enrulado, demasiado flaco para la camisa blanca a rayas que lleva puesta. habla rápido, como tramitador de Azángaro. Ve mis documentos y empieza a desdibujarme la sonrisa: “estos documentos (el recibo del trámite del DNI de Marcela) ya no los recibimos, nos han dado la orden”. Mi cara dibuja una muestra de horror, mientras el continúa una perorata que yo ya no escucho, ni quiero escuchar: “Esto está mal llenado. Esto también. Aquí tienes que poner el nombre de l madre, no el tuyo” Cada vez más, la violencia es una invitada casi bienvenida. “Tienes que llenar este otro formulario. Esto no va aquí, va aquí”.
La mueca en mi rostro debe ser atroz. Ni siquiera tengo fuerzas para repreguntar: que diga lo que quiera, otro día vendré de frente a sentarme y golpear su mesa con mis documentos; volveré de nuevo con la factura de la refri y la boleta del caldo de gallina; con todas las copias y documentos posibles e imposibles. La vez que vuelva, voy a venir con “la pata en alto” y no saldré hasta tener mi trámite resuelto. Por ahora, ha ganado el Seguro. Sólo por ahora.
Tags: ESSALUD, lactancia, mala atencion, pago por lactancia, queja, Seguro Social


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