Una de las mejores sorpresas de este fin de año es que por fin, después de tanta espera, Anita está viviendo conmigo. Vida de casados, vida de familia, o como quieran llamarlo. Es inevitable sentir temor, porque más allá de todo lo que uno espera, quiere o intenta, siempre habrá pequeños detalles que con tiempo se irán limando.
El 24 por la mañana fuimos a visitar a mis suegros, y luego de una conversa bastante amena – como siempre – con mi suegro, Anita trajo su maleta y nos fuimos a casa. Es la sensación más rara que he tenido en mucho tiempo. Saber que ahora ya no deberé tirarme a dormir a la hora que me dé la gana, o tirar la ropa por todo el cuarto hasta el día en que me toque lavar.
Pero, más allá de esos pequeños detalles, hay cosas más fuertes: Anita (con Marcela dentro XD) viene a vivir conmigo y eso me produce dos cosas que juntas son increíbles: tengo que cuidarla mucho, para que no tengamos ningún problema hasta que nazca Marcela, tengo que ser fuerte, tengo que dar tdo lo que pueda, el cansancio pasa a ser un recuerdo; y segundo, la sensación más placentera, es que hay alguien a mi lado que se preocupa por mí, desde los pequeños detalles, que no deja que salga con la misma facha de antes, que me quiere ver afeitado un poco mejor (como dice Memo, un viejo amigo, “lo primero que ganas es que nunca vas a volver a utilizar calzoncillos con hueco”), que me acurruca, alguien con quien hablar justo antes de dormir.

imagen extraída de aquí
Empieza la vida de casados, y me voy dando cuenta de todo lo que ha cambiado mi vida en los últimos años. Empiezo con fuerza, con ganas de hacer las cosas de la mejor manera posible, y eso es todo lo que necesito por ahora. El motivo perfecto.

