Cuando uno va a la consulta, siempre carga una pequeña preocupación, la sensación de que hay un detalle que corregir, algo que se está pasando por alto. Pero cuando uno llega a consulta, conversa con la doctora, y la doctora misma se sorprende con alegría de que todo vaya bien (incluso mejor de lo que ella pensaba) es cuando hay motivos para celebrar en grande.
El viernes por la tarde estuvimos de consulta: fuimos los primeros en la lista, tempranito, quince minutos antes de la hora; incluso llegamos antes que la doctora, así que esperamos un rato conversando en la sala de espera de la clínica.
Ya en la consulta anduvimos conversando un rato, la doctora se ríe con lo bien que anda todo. Uno podría pensar que en una clínica tan grande como la San Gabriel, la doctora puede ser un tanto impersonal para poder atender a todo el mundo, pero no. La doctora que nos ha tocado conoce a Anita no sólo de nombre, sino que se acuerda de sus amigas (y conversa con Anita sobre cosas de amigas, eventos, reuniones), que también se atienden ahí.

La sensación de confianza que te da la ginecóloga es enorme, nos hace sentir fuertes, que estamos haciendo las cosas bien. Ella tiene en un estante varios regalos que le han dejado padres que, antes que nosotros, también pasaron por su consultorio. Yo estoy cada vez más convencido de que le voy a reglar una botella de pisco, probablemente un torontel mosto verde (es mi favorito) para que pueda brindar con nosotros cuando ya no seamos sus pacientes.

Terminada la consulta nos fuimos a la plaza San Miguel, a comer algo en alguna de esas cafeterías del segundo piso: ella una cremolada y yo una butifarra (cómo extrañé la del Queirolo, la que me comí no sabía a nada), y luego dormimos, pero como dibujo animado, hasta el día siguiente. Doce horas de sueño de largo. Los dos. Bien merecido que se lo tiene Anita.

