Se viene la navidá y más allá de los discursos pro y contra, y todas las poses que se adoptan en esta época del año, tengo que empezar diciendo: ¡¡¡Qué cara es la Navidad!!!. Yo que vivía feliz y relativamente escondido, esperando las 12 con la familia, sólo un abrazo con los mejores deseos y después a dormir, he descubierto (sin mucho misterio, así nomás por razonamiento básico) que la navidá es carísima.
Uno empieza a sacar la cuenta y, si no vas a regalar lapiceros, todo se vuelve caro. Más por el lado de mi familia que por el suyo: 3 hermanos, 3 sobrinos, cuñada, mamá. A eso le sumamos su mamá, su papá y su hermana, y el resultado es que se nos va un webo de plata y uno de oro comprando regalos. Porque los malos hábitos que han convertido la navidá en regalar te obligan a no regalar lo que está de oferta en la bodega de la esquina, sino que tienes que pasear hasta encontrar lo que corresponda a cada uno.
Así es que hace un par de sábados hemos estado por el mercado central comprando regalos. Para los hijos de mi hermano, carrito y cocinita; para las adultas, aretes y cosas más de estética (que es lo que las mujeres comunes disfrutan mucho, creo) y hemos terminado gastanto regularón de plata. Anita pensaba que podíamos ir de compras a Ripley, había visto una oferta de jugetes 2×1 ¿Cuál no sería su sorpresa cuando ve que los juguetes valían como 100 soles, y en el mercado central algo parecido valía treinta? Bonita oferta.
Después de un largo paseo por el mercado central (siempre se puede disfrutar de un paseo por ahí cuando no es temporada navideña), regrresamos y a mi hermana mayor le habíamos comprado un par de aretes en una galería que sólo vende trabajos en plata. Galería muy buena para comprar regalos de ese tipo.

Llegamos a casa con lo comprado y lo guardamos esperando el 24 a las 12 (no recuerdo cuando fue la última vez que compré regalos en navidad, así que esto será diferente). Días después, Anita se encuentra con mi hermana, y mientras conversan, nota algo raro: mi hermana llevaba puestos unos aretes exactamente iguales a los que habíamos comprado. Pasado el susto (y la risa, que es lo que más duró) Anita salió a comprar otro regalo. Esta vez no pude ir, pero como siempre, confío en sus gustos. Dicho sea de paso, ahora como que entiendo las caras de las mujeres que se presentan a un evento televisado y dos llevan el mismo traje).
Ya estamos llegando a la fecha clave y todavía no compro su regalo. (Cuando leas esto, mi amor, ya habré decidido tu regalo). Conforme escribo esto me decido cada vez más por UN regalo en particular que no es el que te dije.

